Si hay algún objeto que llama particularmente mi atención es una caja. Las hay de diferentes formas, tamaños, colores, estilos; desde aquellas que usamos en la mudanza hasta las que colocamos en nuestra sala para decorar la mesa. Una caja puede contener infinidad de cosas, en el caso de las mujeres, puede servir de depositario de recuerdos, con cartas, fotos, papeles de bombones que nos regaló alguien especial, o de joyero desordenado con todas las cadenitas y pulseritas enredadas entre sí.Podemos encontrar cajas de diferentes materiales: cartón, plástico, metal, entre otros, incluso de papel bond que son menos resistentes por supuesto, pero la permanencia en el tiempo depende del peso de su contenido y el manejo que de ella haga el usuario. Éste (el usuario), siempre tiene una necesidad de guardar cosas, y esa necesidad parece no acabar nunca. Como mujer admito que nunca hay suficientes cajas para guardar objetos, de esta manera, tengo el closet lleno de cajas, cajitas y cajotas de recuerdos, de cosas que ya no quiero tener a la vista pero que me siento más tranquila si “sé” que están allí, en una caja, en el closet o el maletero, pero que están “allí”, porque algún día las habré de necesitar o querré mostrárselas a alguien, o en el peor de los casos botarlas.
Además, las cajas despiertan la curiosidad de quien no sabe lo que hay dentro de ella, si nos dan una cerrada nos dan ganas de abrirla, es lo que sucede con los regalos por ejemplo, es ese enigma que queremos descubrir, es ese acercarnos a lo desconocido, a lo escondido, a lo guardado. También esto ocurre cuando tenemos mucho tiempo sin abrir una caja que teníamos arrumbada en algún lugar.
Las cajas me encantan, porque al tener una nueva o vacía, puedo imaginar lo que podría guardar en su interior, es como una tabula rasa, en la que en lugar de escribir sobre ella, se puede meter todo lo que pueda caber en ella; es así como cada caja va adquiriendo su propia personalidad. Claro, viéndolo desde esta perspectiva, para mí la caja es un objeto que me recuerda el sistema cognitivo humano, es curioso que los primeros en estudiar el comportamiento hayan hecho el símil de la mente humana con una caja, que además era negra (para ellos), aunque para mí tampoco está tan clara que digamos. Pero es evidente que nuestro sistema de almacenamiento y clasificación mediante el uso de cajas, es una extensión tangible de aquellas clasificaciones que hacemos en nuestro cerebro, incluyendo esas cajas que no deseamos volver a abrir. Cada objeto es un dato, es una unidad de información que no puede estar suelta, a la deriva, sobretodo si no queremos que se pierda, y para ello una caja es lo mejor. La foto, el papelito, la bisutería, los zapatos, los libros, el maquillaje, etc., todo es una unidad de información, incluso nosotros mismos cuando nos meten en una caja (enteros o en cenizas). Por cierto, me han contado de mi abuelo paterno, a quien no conocí, que tenía su ataúd en un closet de la casa, ya listo para cuando llegase el momento de morir. Fíjense, tenía su propia caja, a la medida y gusto; aunque para todos en la familia era una excentricidad repugnante. A mí me parece un gesto sincero, si yo hiciese lo mismo seguro que tendría ese ataúd lleno de ropa, maquillaje, libros, pinturas, o con los utensilios de la repostería mientras llega el momento de usarlo para lo que fue hecho, ¡vaya que le cabrían cosas! lo digo por mis 1,75 mt de altura, aunque prefiero una vasija para las cenizas, va mas con mi estilo, y la podría usar para mis pinceles mientras tanto.
Además, las cajas despiertan la curiosidad de quien no sabe lo que hay dentro de ella, si nos dan una cerrada nos dan ganas de abrirla, es lo que sucede con los regalos por ejemplo, es ese enigma que queremos descubrir, es ese acercarnos a lo desconocido, a lo escondido, a lo guardado. También esto ocurre cuando tenemos mucho tiempo sin abrir una caja que teníamos arrumbada en algún lugar.
Las cajas me encantan, porque al tener una nueva o vacía, puedo imaginar lo que podría guardar en su interior, es como una tabula rasa, en la que en lugar de escribir sobre ella, se puede meter todo lo que pueda caber en ella; es así como cada caja va adquiriendo su propia personalidad. Claro, viéndolo desde esta perspectiva, para mí la caja es un objeto que me recuerda el sistema cognitivo humano, es curioso que los primeros en estudiar el comportamiento hayan hecho el símil de la mente humana con una caja, que además era negra (para ellos), aunque para mí tampoco está tan clara que digamos. Pero es evidente que nuestro sistema de almacenamiento y clasificación mediante el uso de cajas, es una extensión tangible de aquellas clasificaciones que hacemos en nuestro cerebro, incluyendo esas cajas que no deseamos volver a abrir. Cada objeto es un dato, es una unidad de información que no puede estar suelta, a la deriva, sobretodo si no queremos que se pierda, y para ello una caja es lo mejor. La foto, el papelito, la bisutería, los zapatos, los libros, el maquillaje, etc., todo es una unidad de información, incluso nosotros mismos cuando nos meten en una caja (enteros o en cenizas). Por cierto, me han contado de mi abuelo paterno, a quien no conocí, que tenía su ataúd en un closet de la casa, ya listo para cuando llegase el momento de morir. Fíjense, tenía su propia caja, a la medida y gusto; aunque para todos en la familia era una excentricidad repugnante. A mí me parece un gesto sincero, si yo hiciese lo mismo seguro que tendría ese ataúd lleno de ropa, maquillaje, libros, pinturas, o con los utensilios de la repostería mientras llega el momento de usarlo para lo que fue hecho, ¡vaya que le cabrían cosas! lo digo por mis 1,75 mt de altura, aunque prefiero una vasija para las cenizas, va mas con mi estilo, y la podría usar para mis pinceles mientras tanto.






